El viraje oportunista: cuando se acaba el alpiste, la prensa mercenaria descubre la basura

creado, revisado y autorizado por FERNANDO BUITRAGO

Durante meses, mientras la ciudad se ahogaba en su propia miseria, una buena parte de los medios, comunicadores y periodistas locales miró para otro lado. O peor: aplaudió, minimizó o simplemente guardó silencio cómplice. La basura se comía las calles. Las tarifas de las funerarias se disparaban sin control. Los desvinculados, con deudas impagas, se amarraban a las rejas en señal de desesperación. Abusos por doquier. Escándalos con motoristas. Denuncias de abusos paramilitares. Inundaciones recurrentes que dejaban barrios enteros bajo el agua. La prensa “picapica”, los adulones de siempre y toda esa fauna que vive del favor oficial. Nada de eso mereció portadas sostenidas, investigaciones profundas ni indignación genuina.

El “pastor” —Dio Astacio— seguía recibiendo el trato deferente de quienes hoy se rasgan las vestiduras. Mientras el flujo de caja funcionaba, mientras se repartía el alpiste, la ciudad podía pudrirse en silencio. La transparencia no importaba. El presupuesto participativo era letra muerta que nadie exigía con fuerza. Los cheques recibidos, por supuesto, nunca se mostraban. Porque cuando el dinero corre, la ética se vuelve flexible y la crítica se aplaza “por el bien de la estabilidad” o cualquier otra excusa de manual.

Ahora el escenario cambió. De repente, los mismos que callaron descubren que hay problemas. Aparecen notas, comentarios airados, llamados a “exigir el cumplimiento del presupuesto participativo”. Uno que otro comunicador se erige en defensor de la ciudad y de la transparencia. Qué coincidencia. Qué oportuno. Qué curioso que este despertar colectivo ocurra justo cuando, según todas las señales, el pastor dejó de sangrar. Es decir: cuando se detuvo o se redujo drásticamente el reparto de alpiste a la prensa mercenaria.

No se trata de una conversión ética ni de un súbito amor por la ciudadanía. Se trata de dinero. A estos oportunistas de la comunicación no les importa la ciudad, ni la basura acumulada, ni los desvinculados encadenados, ni las inundaciones, ni los abusos. Les importa el flujo de caja. Son prostitutas de la comunicación: venden la palabra al mejor postor y, cuando el postor actual deja de pagar, se viran rápidamente para posicionarse ante el que venga detrás. Buscan el próximo patrón. El próximo cheque. El próximo plato de alpiste.

La coherencia brilla por su ausencia. Si de verdad les hubiera importado la transparencia, habrían exigido hace meses la publicación de los cheques, los contratos, los pagos a medios y comunicadores. Si les hubiera importado la ciudad, habrían gritado cuando la basura se apilaba y los vecinos se ahogaban. Pero no. Preferían el silencio cómodo mientras el dinero llegaba. Ahora que parece haberse cortado el chorro, descubren la indignación.

Este viraje no es periodismo. Es cálculo. Es el mismo patrón de siempre en una prensa que, en demasiados casos, ha sustituido la vocación de informar por el oficio de cobrar. Mientras el pastor repartía, eran dóciles. Cuando deja de hacerlo, se vuelven críticos. Y mañana, si llega otro con la billetera abierta, volverán a acomodarse.

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